¡Oliana!
Últimamente estamos enganchados a
ese muro extenuante, aunque a unos les agota menos que a otros: Esteve mismo
demostraba ayer su gracia natural chapando, sin resoplar ni despeinarse, la
cadena de Paper mullat (8b+). Otros lo llevamos peor y bajamos de las vías hechos
unos zorros y sin encadenar. Yo misma estoy gozando de esa sensación, de nuevo.
Si algún día encadeno Picos pardos (8b/algo muy difícil para mí), si algún día
logro pasar de la sección dura, si no me caigo de la emoción en las chorreras
de arriba, seré –momentáneamente, ya sabéis como es este deporte- la escaladora
más feliz de mi casa. Mientras tanto, seguiré visualizando los movimientos y
encadenado con éxito desde el sofá.
![]() |
| ¿Está Novato bien acompañado o somos nosotras las bien acompañadas? |
Cambiando radicalmente de tema, aparte de pensar obsesivamente en esa vía, también me ronda por la cabeza un
dilema moral fruto de una experiencia personal impactante. Dicho así queda
pedante, pero la cosa es simple, hasta un poco cutre, y os la voy a contar
porque quiero compartirlo.
Hace un par de semanas me apunté de
voluntaria en “el Gran Recapte d’Aliments” cuya función es la recogida de
alimentos básicos para gente de aquí que lo necesite. Me alisté más por
curiosidad que por bondad (¿existe?), pero la cuestión es que durante una tarde
estuve empaquetando comida y flipando al mismo tiempo:
Llegué al supermercado y ahí nos
reunimos todos los colaboradores. Todos menos yo superaban la cincuentena y,
también, todos menos yo eran voluntarios de Cáritas. La tarea consistía en
pesar y empaquetar toda la comida que la gente donaba voluntariamente al salir
del super; previamente a su entrada se les había informado de la campaña de
recogida y del tipo de alimento requerido.
El desasosiego empezó observando a una de las mujeres voluntarias, que asediaba a los clientes del super para instigarles a comprar productos para la campaña. Cuando alguien no le hacía caso, la mujer se volvía hacia los que empaquetábamos y decía “fíjaos, qué gente más mala; los que son amables y se paran (a escuchar mi bondadoso discurso) ya se nota que son buenas personas”. El trauma llegó cuando las mujeres que recogían las bolsas con comida miraban en su interior y, según su contenido, se producían diálogos colmados de amor:
El desasosiego empezó observando a una de las mujeres voluntarias, que asediaba a los clientes del super para instigarles a comprar productos para la campaña. Cuando alguien no le hacía caso, la mujer se volvía hacia los que empaquetábamos y decía “fíjaos, qué gente más mala; los que son amables y se paran (a escuchar mi bondadoso discurso) ya se nota que son buenas personas”. El trauma llegó cuando las mujeres que recogían las bolsas con comida miraban en su interior y, según su contenido, se producían diálogos colmados de amor:
-
Mira
esta, da solo un paquete de pasta, 35 céntimos.
-
Sí, y
en cambio en su cesta llevaba galletas Birba, que son caras.
Durante la recolecta, uno de los voluntarios
empezó a hablar de los necesitados que acudían a Cáritas habitualmente y que
ellos atendían sin ánimo de lucro (pero sí con ánimo cotilla). Demostración de
ello fue cuando dos tapadas musulmanas con sendos hijitos compraban cruasanes
de chocolate:
-
Estás
no van a dar nada porque acuden cada semana a la beneficencia.
-
¡Qué
van a dar! Eso sí, cruasanes los que quieras. Y a Cáritas vienen con unos
cochazos que ya me gustaría a mí…Vergüenza les debería dar
(yo) -
¿Pero eso lo habéis visto?
-
No,
pero lo sabemos, los maridos las esperan en el cochazo escondidos.
También fui testigo de críticas
personales entre ellos cuando uno se ausentaba. Del veneno de sus lenguas no se
salvaba nadie. Y es que lo sabían todo de todos. Señores de la CIA, ¿a qué
esperan a contratar a esta gente?
Finalmente, el clímax llegó con dos
viejecitas. La primera entró con un
carrito y, sin querer oír a la voluntaria plasta, lo llenó de alimentos, los
entregó discretamente y se fue con las manos vacías. Ni un comentario de mis
buenos samaritanos (¿estaría siendo más buena que ellos?). La segunda ni la vi
entrar, pero sí salir: medio coja, arrastrando su carro y sin mirarnos. Con la
mujer aun cerca de nosotros se me partió el alma:
-
Está no
nos da nada (regodeo de indignación)
-
Deja, es una
pobre viuda, su marido era borracho y el hijo se droga. Una pobre gente.
Podrían haber gritado, pero no hacía
falta, estoy segura que ella lo oyó todo.
Salí de ese nido de compasivas
víboras pensando que estas personas no me parecían el paradigma de la bondad ni por
asomo. En cambio, eran voluntarios para una causa que sí iba a ayudar a muchos
y hacían el bien semanalmente. Entre esa sorprendente contradicción me hallo
aún.

























