“Te lo suplico, no me hagas ir más al gimnasio” le escribí a mi entrenador el otro día, “Tranquila que no vas a ir más…de momento” fue su angustiante respuesta.
Tras intentar ahogarme durante unas semanas empujándome a la piscina, sabiendo que me repele más el agua que el jabón a un hippie, se le ocurrió rematarme mandándome al gimnasio a realizar unas cuantas sesiones de pesas. Tócate los huevos: justo aprendo a nadar sin llamar la atención que le ha faltado tiempo para enviarme al templo del bíceps. El horror que he vivido allí no lo puedo expresar con palabras, aunque quizás sí con sollozos. Probaré.
Entrar ahí fue todo un choque hormonal, la testosterona fluía a raudales cuan río desbordado, es más, yo diría que se podía palpar o, peor aún, que te palpaba ella a ti. Había varías chicas en las bicis elípticas meneando más de lo necesario el pandero y menos de lo conveniente las piernas. Y luego, ahí estaban ellos, 30 flamantes tíos en las máquinas ejercitándose en simpáticos grupitos de 2 o 3 neuronas. “No me intimidan, no me intimidan, no me intimidan”. Ni caso. Me intimidaron de tal modo que lo primero que hice fue subir a una bici durante 10 minutos elucubrando una estrategia que, 1. Me permitiese realizar mis ejercicios con la tranquilidad de un novato (vale, no puedo levantar este peso, lo hago mal pero no quiero tus consejos y menos tu ayuda) y, 2. Me apartase al máximo de cualquier tipo de relación verbal o no verbal con ellos (no me hables, no me mires, no me toques).
Cuando el mister vió que me dedicaba a hacer esto en casa me mandó directa al gimnasio. No entiendo, con lo bonito que queda.
Cuando el mister vió que me dedicaba a hacer esto en casa me mandó directa al gimnasio. No entiendo, con lo bonito que queda.Primero localicé todas las máquinas donde tenía que hipertrofiar mi cuerpo serrano y, luego, inspeccioné a los usuarios en general, para ver cuáles me daban sólo repelús o mucho repelús. Descubrí que la mayoría me hacían achinar los ojos como un gitano con sed de venganza y que ninguno me dirigía la palabra, gracias a Dios. Solo uno provocó mi admiración. Un tipo que estaba ahí para trabajar duro, concentrado haciendo sentadillas con unos 200 quilos en barra, ahí es ná. Me enteré luego que es un casteller de los que aguantan la torre desde abajo (Vilafranca es la cuna de esta tradición patrimonio de la humanidad).
Cada vez que he ido al gimnasio lo he encontrado allí, con sus fuertes gemelos y a lo suyo. Tan solo cruzamos la mirada una vez, la última que fui. “No estoy para tonterías, apartaos capullos y tu también, niña floja” parecía decir con sus ojos, lo que no sé es si pudo interpretar mi mirada felina, sí, de gato pisao “Esto es un asco, me quiero ir a casa”.
Cada vez que he ido al gimnasio lo he encontrado allí, con sus fuertes gemelos y a lo suyo. Tan solo cruzamos la mirada una vez, la última que fui. “No estoy para tonterías, apartaos capullos y tu también, niña floja” parecía decir con sus ojos, lo que no sé es si pudo interpretar mi mirada felina, sí, de gato pisao “Esto es un asco, me quiero ir a casa”.
Que no vuelvo más.

