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jueves, 10 de febrero de 2011

El peso de la responsabilidad

“Te lo suplico, no me hagas ir más al gimnasio” le escribí a mi entrenador el otro día, “Tranquila que no vas a ir más…de momento” fue su angustiante respuesta.
Tras intentar ahogarme durante unas semanas empujándome a la piscina, sabiendo que me repele más el agua que el jabón a un hippie, se le ocurrió rematarme mandándome al gimnasio a realizar unas cuantas sesiones de pesas. Tócate los huevos: justo aprendo a nadar sin llamar la atención que le ha faltado tiempo para enviarme al templo del bíceps. El horror que he vivido allí no lo puedo expresar con palabras, aunque quizás sí con sollozos. Probaré.
Entrar ahí fue todo un choque hormonal, la testosterona fluía a raudales cuan río desbordado, es más, yo diría que se podía palpar o, peor aún, que te palpaba ella a ti. Había varías chicas en las bicis elípticas meneando más de lo necesario el pandero y menos de lo conveniente las piernas. Y luego, ahí estaban ellos, 30 flamantes tíos en las máquinas ejercitándose en simpáticos grupitos de 2 o 3 neuronas. “No me intimidan, no me intimidan, no me intimidan”. Ni caso. Me intimidaron de tal modo que lo primero que hice fue subir a una bici durante 10 minutos elucubrando una estrategia que, 1. Me permitiese realizar mis ejercicios con la tranquilidad de un novato (vale, no puedo levantar este peso, lo hago mal pero no quiero tus consejos y menos tu ayuda) y, 2. Me apartase al máximo de cualquier tipo de relación verbal o no verbal con ellos (no me hables, no me mires, no me toques).

Cuando el mister vió que me dedicaba a hacer esto en casa me mandó directa al gimnasio. No entiendo, con lo bonito que queda.

Primero localicé todas las máquinas donde tenía que hipertrofiar mi cuerpo serrano y, luego, inspeccioné a los usuarios en general, para ver cuáles me daban sólo repelús o mucho repelús. Descubrí que la mayoría me hacían achinar los ojos como un gitano con sed de venganza y que ninguno me dirigía la palabra, gracias a Dios. Solo uno provocó mi admiración. Un tipo que estaba ahí para trabajar duro, concentrado haciendo sentadillas con unos 200 quilos en barra, ahí es ná. Me enteré luego que es un casteller de los que aguantan la torre desde abajo (Vilafranca es la cuna de esta tradición patrimonio de la humanidad).
Cada vez que he ido al gimnasio lo he encontrado allí, con sus fuertes gemelos y a lo suyo. Tan solo cruzamos la mirada una vez, la última que fui. “No estoy para tonterías, apartaos capullos y tu también, niña floja” parecía decir con sus ojos, lo que no sé es si pudo interpretar mi mirada felina, sí, de gato pisao “Esto es un asco, me quiero ir a casa”.

Que no vuelvo más.

lunes, 25 de octubre de 2010

En medio hostil

Está claro que mi entrenador quiere deshacerse de mí y, desgraciadamente, sí sabe cómo. "30 piscinas" me mandó nadar el otro día. Algo, para la mayoría de vosotros, nada fuera de lo normal, "poca cosa" diréis. Un gran reto para mí. Un reto cabrón, puntualizo, sobre todo para alguien que en su vida ha nadado una sola piscina. Eh, no me miréis así, no es culpa mía, mi madre prefirió apuntarme a ballet en vez de llevarme a la piscina; en la escuela del pueblo jamás nos dieron clases de natación y, en verano, íbamos a la montaña donde, como mucho, metía los pies en el río. Mi jocoso destino ha sido de secano hasta ahora y, por eso, en las piscinas, lo máximo que he hecho ha sido pasear el bikini arriba y abajo, tomar el sol y bucear: no tengo ni idea de nadar (a menos que desplazarse por el agua como un perrito cuente como un estilo de natación). Como consecuencia, o efecto de ello, el medio acuático nunca me ha inspirado demasiada confianza.

Hoy no tengo material gráfico propio, lo siento de corazón, por eso cuelgo un par de cosillas que tenía en mente hace un tiempo. Esta me encanta: prohibido el paso, los infractores serán disparados, los supervivientes serán disparados de nuevo.

Total, que tras la orden de nadar pensé "veamos, yo sé que flotar, floto, así que la opción de ahogarme no la barajo como la más probable", de manera que decidí tomármelo como un desafío más. Me fui al Decathlon a comprar todo lo necesario para no llamar la atención en una piscina y, al día siguiente me lancé de cabeza al agua (bueno, es un decir... como evidentemente habréis deducido no sé tirarme de cabeza, así que entré sentada).

Vaya, ya estoy en el agua, 28ºC dice en el cartel. La primera piscina la cruzo a braza que es lo más parecido a bucear y, cuando llego al otro lado me percato de que será duro. La segunda pruebo con el crol -inciso: sé los nombres de los estilos y tengo "cierta" noción de cómo ejecutarlos gracias a la sabiduría popular y a las tardes de sofá viendo las olimpiadas, a partir de ahí afirmo que "nado en el desconocimiento"-. Me pregunto extrañada cómo pueden los nadadores respirar por un lado con el agua a ras de boca sin tragar ese líquido clorado. Con estos pensamientos tan básicos me paro jadeante en el borde, mirando a mí alrededor con la esperanza de pasar desapercibida. Tres de los cinco socorristas (tanta vigilancia me escama, yo creo que alguien dio la voz de alarma horas antes) me están observando de mala gana mientras yo disimulo recolocándome esas ventosas succionadoras de ojos mal llamadas gafas de natación. Qué vergüenza, qué ridículo, y sin embargo... ¡me lo estoy pasando pipa! Soy tan novata y tan torpe que cada nueva piscina que recorro es un éxito flagrante.

Esto de nadar por primera vez fue todo un aprendizaje en muchos sentidos, nunca hubiese imaginado que una piscina pudiese estar tan concurrida. Había un montón de fauna acuática: niños del demonio en pleno cursillo con monitores y papás mirando atentamente, la jauría de socorristas (¿de verdad siempre hay tantos socorristas?), un tío limpiando el suelo con agua a presión, un grupo de abueletes con sus acompañantes haciendo ejercicios con tubos plásticos de colores y varias señoras de mediana edad nadando en el carril de al lado y adelantándome sin compasión todo el rato. Hubo un momento, entre chupito y chupito de cloro, en que pensé que todos me miraban y, no con buenos ojos, precisamente.

La cuestión es que esta semana me tocan 40 piscinas, así que volveré, pero más preparada todavía, si cabe, pues una amiga me ha contado cómo debo nadar y la he estado escuchando muy atentamente y también he mirado videos en internet (de natación, no seáis guarrillos)...
Amigos, si no vuelvo a escribir por aquí ya sabéis por qué, glups.

Vaya...con un socorrista así es de ley ahogarse (tenía el capricho de poner a James -yo le llamo así, ¿qué pasa?- aquí aunque no venga a cuento)